
Mario:
Le escribo desde el sur profundo, árboles verdes, bosques lluviosos, tormentas de tanto en tanto. Le escribo desde el lugar donde la leña calienta hasta el corazòn màs frio y las manos siempre tibias invitan al amor.
Le escribo- Ud. lo intuirà- por que cuando la gente se muere siempre se le hacen ciertos homenajes, ha de ser una cosa rara entre la pena y la mala conciencia que queda de no haber dicho lo que se debìa en el momento apropiado y esto impulsa a que- de alguna manera- tratemos de rezarcir lo mal hecho o de intentar hacer lo omitido.
En mi caso, le escribo desde mi gusto por la poesìa, agradecida de haberlo encontrado un dìa cualquiera y no haberlo soltado màs y que sin Ud. saberlo y tal vez como mucha otra gente, me apoderè de sus versos y los puse en los lugares màs cotidianos, en la mesa, en la cama, en la calle, en una tertulia, como parte de alguna argumentaciòn de algùn debate. Le escribo para contarle que muchos episodios de mi vida han estado marcados a fuego por sus palabras, serìa mucho decir que todas las parcelas de mi vida tienen algo de Ud., pero ciertamente sus poemas me han acompañado desde hace mucho a la hora del amor y tambièn del desamor.
Le escribo sin pena, y con bastante gloria de ser parte de una generaciòn que todavìa se estremece al leer sus versos y de entender la poesìa como un vehìculo que si bien no anda muy ligero, es siempre constante y firme para construirse en medio de un mundo donde el amor se vuelve un bien a transar en el mercado.
Ud. nos enseñò sin querer justamente lo contrario, que el ser humano NO Es, que el ser humano SOMOS y en esta pluralidad nos amamos, nos detestamos, luchamos, caìmos y nos levantamos.
Gracias por haber escrito, por haber vivido consecuentemente y por haber puesto en la boca de muchos, las palabras que no podrìamos si no haber balbuceado.
Chau.